Escaparates para la democracia

Escaparates para la democracia

Donald Trump y los republicanos celebran en Cleveland una de las tradiciones más peculiares, coloristas y mal copiadas del sistema político de Estados Unidos: la convención que ratifica al nominado presidencial de cada partido.

En nuestros días, las convenciones nacionales que cada cuatro años celebran tanto el Partido Republicano como el Partido Demócrata se han convertido en el equivalente a un anuncio de cuatro días de duración, una ceremonia política coreografiada hasta el milímetro y un trampolín para tomar impulso de cara a la campaña general que culminará con las elecciones de noviembre. Aunque no aparecen mencionadas en la Constitución de Estados Unidos ni están reguladas por el Congreso Federal, desde 1831 estos campamentos de verano para la política americana vienen sirviendo como ritual aceptado para nominar formalmente a candidatos presidenciales, completar el ticket con un aspirante a vicepresidente y formular una plataforma electoral que ilustra el momento ideológico por el que atraviesa cada partido.

Los demócratas tienen previsto reunirse la próxima semana en Filadelfia, Pensilvania, histórica cuna de la democracia americana y una de esas plazas decisivas para ganar la Casa Blanca. Mientras que los republicanos se congregan esta semana en Cleveland, Ohio, nostálgico epicentro del longevo monopolio político que el G.O.P. llegó a ejercer en las décadas transcurridas desde el final de la Guerra Civil a los años treinta. Además de la reputación de Ohio como representativo microcosmos electoral de Estados Unidos en su conjunto.

Hasta que en el último día de plenario empiecen a caer los globos y se produzca la foto de familia, estos cónclaves con miles de compromisarios se dedican sobre todo a escenificar una requerida imagen de unidad interna y superar las inevitables disputas generadas por el ciclo de primarias. Todos saben que un partido dividido es un obstáculo difícilmente superable para un aspirante a la Casa Blanca.

 En el caso de los republicanos, este esfuerzo de reconciliación resulta tan morboso como difícil después de la rechinante opa hostil lanzada por Trump contra el partido de Abraham Lincoln. Los pulsos, el caos y el espectáculo (no siempre positivo) están garantizados siguiendo la pauta de la primera gran bronca sobre reglas y procedimientos registrada en el mismo arranque de la cita de los republicanos en Cleveland.

 Por lo que respecta a la plataforma del Partido Republicano, todo hace indicar que el resultado final será un alarde de ortodoxia conservadora como la selección de Mike Pence, gobernador de Indiana, como número dos de Trump. El texto final se espera que sea un guiño de complicidad lanzado para sectores como el Tea Party o los elementos socialmente menos innovadores del partido. Con insistencia en cuestiones sociales que una gran parte de Estados Unidos parece haber superado hace tiempo.

En cuanto a todas esas fantasías sobre una brokered convention o encontrar rendijas en las reglas del juego para materializar un STOP a Trump, esos escenarios tienen un recorrido muy limitado ante un candidato que ha sido capaz de sumar 14 millones de votos en las primarias y ganar 1447 delegados en la convención. Mucho más allá del listón de 1237 compromisarios que garantizan nominación presidencial en el Partido Republicano.

 No hay que olvidar que desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los dos grandes partidos en Estados Unidos se han embarcado en un proceso tan revolucionario como utilizar el voto popular para designar candidatos a la Casa Blanca. Lo que supone abandonar un monopolio de poder ejercido tradicionalmente por el establishment político. Desde 1960, con la legendaria lucha de Kennedy contra Nixon, las convenciones nacionales se limitan a refrendar el resultado de las primarias y no intentan recrear extrañas legitimidades.

Dentro de este mundo que ha evolucionado hacia nominaciones sin sorpresa, la última vez que una convención necesitó más de una votación para ratificar candidatos fue en 1952 para los demócratas (Adlai Stevenson) y en 1948 para los republicanos (Thomas Dewey). Lo más parecido a una “convención abierta” en tiempos modernos fue la del Partido Republicano en 1976, donde ni Gerald Ford ni su rival Ronald Reagan llegaron con una mayoría de delegados, aunque el sucesor de Nixon fue capaz de ganar en primera votación.

Históricamente, es verdad que los enfrentamientos, los acuerdos a puerta cerrada, las escisiones y los juegos de malabares con las reglas de procedimiento han sido la norma habitual de estos coloristas foros partidistas. Como las 102 votaciones en 17 días requeridas por el Partido Demócrata en 1924. Pero lo que está claro es que la influencia de estos escaparates para la democracia no se ha limitado únicamente a la esfera presidencial sino también a la misma definición de Estados Unidos. Dentro de la saga del Partido Republicano, dos referencias son inevitables: la convención de 1912, protagonizada por Theodore Roosevelt, y la eclosión conservadora de 1964.

El retorno de TR

A Theodore Roosevelt se le atribuye el mérito de haber ayudado a acuñar la presidencia de Estados Unidos tal y como se conoce hoy en día, asumiendo durante sus dos mandatos enorme protagonismo tanto doméstico como internacional y un ideario progresista. Tras dos mandatos, el efusivo presidente dejó la Casa Blanca en marzo de 1909 y eligió como sucesor al orondo jurista William Howard Taft. En su día los dos políticos habían sido amigos pero la presidencia de Taft, con su revisionismo conservador, acabó con esa relación privilegiada. Y en 1912, el ex presidente Theodore Roosevelt optó por abandonar su hiperactivo retiro y competir por la nominación del Partido Republicano, ya que entonces no existía la estricta limitación de dos mandatos establecida por la enmienda número 22 de la Constitución ratificada en 1951.

La mayoría de los delegados que acudieron a la convención nacional convocada en junio de 1912 estaban controlados por la maquinaria política de Taft, pero Roosevelt ganó la porción de compromisarios asignada a través de primarias. Por supuesto, el cónclave celebrado dentro del Coliseum de Chicago no tuvo mucho que envidiar en ferocidad a los leoninos espectáculos del circo romano. Desde el primer día, los insultos, disputas sobre credenciales, maniobras de procedimiento y los enfrentamientos viscerales entre delegados fueron lo habitual.

Theodore Roosevelt, rompiendo con la tradición de que los nominados presidenciales no acudían en persona a las convenciones, se presentó en Chicago para liderar a su facción. Derrotado por la maquinaria de Taft, TR se ofreció inmediatamente como candidato alternativo por el Partido Progresista. Pero al final, tanto Taft como Roosevelt perdieron ante el demócrata Woodrow Wilson en unas elecciones que según el historiador Lewis Gould suponen el nacimiento de la moderna política americana.

El “Woodstock” conservador

La convención que el Partido Republicano celebró en julio de 1964 en la contracultural ciudad de San Francisco ha pasado a la historia como el “Woodstock” del movimiento conservador en Estados Unidos. Es decir, un movimiento de insurgencia hacia la derecha en detrimento de los sectores más moderados del partido. Con Barry Goldwater, el senador de Arizona más famoso antes de John McCain, al frente de esa revuelta casi de carácter libertario.

Goldwater, pese a su cómoda ventaja, fue retado por William Scranton,  gobernador de Pensilvania. Todo dentro de un clima de temores casi paranoicos entre la facción conservadora. Frustración y victimismo basados en la creencia de que desde los años cincuenta su partido había estado controlado por los llamados “republicanos de Wall Street”. Sin embargo, en primera votación y entre abierta hostilidad hacia los medios de comunicación que cubrían la cita de San Francisco, se impuso la candidatura presidencial de Goldwater.

En su discurso de aceptación, el articulado hardliner del conservadurismo americano proclamó en tono desafiante: “Extremismo en defensa de la libertad no es un vicio. Y moderación en la búsqueda de la justicia no es una virtud”. La campaña del presidente demócrata Lyndon Johnson se encargó de presentar al candidato republicano como un peligroso extremista predispuesto a un conflicto nuclear con la Unión Soviética. Goldwater perdió pero para los conservadores de Estados Unidos aquella convención de San Francisco no terminaría hasta la victoria de Reagan en 1980.

Pedro Rodríguez

Pedro Rodríguez es profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas-ICADE. Colaborador docente e investigador del Centro Universitario Villanueva, del Máster ABC-UCM y del Instituto Franklin. Como periodista, ha desempeñado durante veinte años la corresponsalía del diario ABC en Washington. Ahora es columnista de Internacional y analista para diferentes medios audiovisuales. Premio extraordinario fin de carrera, becario Fulbright y Máster en International Relations and Mass Media por la Universidad de Georgetown, su tesis doctoral está dedicada a la comunicación política de la Casa Blanca.

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Pedro Rodríguez
Pedro Rodríguez es profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas-ICADE. Colaborador docente e investigador del Centro Universitario Villanueva, del Máster ABC-UCM y del Instituto Franklin. Como periodista, ha desempeñado durante veinte años la corresponsalía del diario ABC en Washington. Ahora es columnista de Internacional y analista para diferentes medios audiovisuales. Premio extraordinario fin de carrera, becario Fulbright y Máster en International Relations and Mass Media por la Universidad de Georgetown, su tesis doctoral está dedicada a la comunicación política de la Casa Blanca.

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