La gran derrota de Obama abre un período de incertidumbre

La gran derrota de Obama abre un período de incertidumbre

Ha vuelto a ocurrir. Si la victoria de Donald Trump en las primarias republicanas resultó “sorprendente”, la del pasado 8 de noviembre en las presidenciales podría calificarse primero de “milagrosa”, por lo inesperada, y después de “turbadora”, por la incertidumbre de la situación planteada. A nadie hubiera extrañado una derrota del empresario; las explicaciones para ello, por obvias, no merecen ser enumeradas ni comentadas. Pero la realidad ha sido bien distinta y se plantean dos interrogantes de compleja respuesta: ¿Por qué ha vencido y qué hará a partir de ahora Trump?

Considero que la campaña de Hillary Clinton, a diferencia de la de Trump, ha sido impecable ajustándose en la letra y el espíritu al guión establecido para este tipo de acontecimientos políticos. El leve desvanecimiento en las celebraciones del 11-S o el espinoso tema de los correos electrónicos enviados desde su cuenta personal, no parecían asuntos de especial calado. Se trataba simplemente de “dejar pasar el tiempo” sin cometer errores, pues todas las encuestas la daban como segura vencedora. Sin embargo, el margen siempre fue mínimo, alcanzando en los mejores momentos los 7 puntos; una diferencia escasa, tan  corta que una semana antes de las elecciones estados claves como Florida u Ohio situaban a su adversario por delante. Resulta incuestionable que el denominado “voto oculto” ha sido fundamental; también es una realidad que Hillary Clinton no levantaba pasiones e incluso entre sus votantes se veía como una suerte de “mal menor”. Tal fue así que algunos votantes de su correligionario Sanders habrían rehusado otorgarle su confianza. Siendo todo ello cierto, que lo es, no parece suficiente rémora para hacerle perder las elecciones ante un rival que desdeñaba a las minorías, menospreciaba a las mujeres, era cuestionado en su partido, presentaba un programa indefinido, carecía de experiencia política, y tenía ademanes de matón.

Como el resultado demuestra, Trump ha sabido leer mejor que nadie –incluidos sus tres directores de campaña- lo que quería, o mejor dicho, no quería el americano medio. Si analizamos los ocho años de Obama vemos que se han producido importantes transformaciones en lo referente a beneficios sociales de los más desfavorecidos –con el Obama Care a la cabeza–; de las minorías –leyes de naturalización para los nacidos en Estados Unidos–; en comunidades de LGTB –legalización de matrimonios homosexuales–; referidas a las mujeres –despenalización del aborto–; grupos verdes y alternativos –se han potenciado las energías renovables–; grupos pacifistas –legislación sobre armamento en manos privadas–… pero, ¿qué se ha potenciado desde Washington por la familia blanca de clase media? No mucho. Lo que Hillary proponía eran otros cuatro años de continuismo “Obamista” en el que los positivos datos macroecómicos no reflejaban la realidad de las clases medias y medias bajas. Ha sido el WASP que durante la era Obama ha visto peligrar su modo de vida tradicionalmente americano, e incluso su estatus económico, quien ha dado la espalda a la candidata demócrata favoreciendo al candidato que le aseguraba una bajada de impuestos, un recorte del gasto público, y le defendería frente a amenazas de índole socio-cultural.

En cuanto a lo que hará Trump a partir de ahora, cómo gestionará su triunfo, es toda una incógnita. Pero sí podemos tener algunas certezas que tienen que ver con “desmantelar” el progresista legado de Obama. Puede tener sus días contados el Obama Care. Deportar 11 millones de indocumentados resulta logística y económicamente imposible, también parece imposible que se construya un nuevo muro de la vergüenza que pague Méjico; pero nadie duda que se endurecerán las leyes migratorias y de naturalización. Ya anunció que nombrará un juez pro-vida para el Supremo, deshaciendo el empate actual. También se ha mostrado dispuesto a cambiar a Janet Yellen al frente de la Reserva Federal, con el impacto que ello puede tener en los créditos bancarios a las medias y pequeñas empresas. Más complicado le resultará pulverizar NAFTA, o el TLC del Pacífico –por no hablar de la UE–, como anunció, pero se da por hecho que se alterará el actual status al imponer  algún tipo de ley proteccionista. Y los recortes en la administración serán cuestión de meses.

Todo ello a partir del próximo 20 de enero.

 

 

Jose Antonio Gurpegui

Jose Antonio Gurpegui

Investigador del Instituto Franklin-UAH y catedrático de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá.

Doctor por la Universidad Complutense de Madrid
“Visiting Scholar” en Harvard University (1994-1996)
Director del Programa Oficial de Doctorado en Estudios Norteamericanos
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Investigador del Instituto Franklin-UAH y catedrático de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá. Doctor por la Universidad Complutense de Madrid “Visiting Scholar” en Harvard University (1994-1996) Director del Programa Oficial de Doctorado en Estudios Norteamericanos

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