<i>Please hold for the President of the United States</i>

Please hold for the President of the United States

Una tecnología del siglo XIX como el teléfono, continúa resultando imprescindible para la diplomacia de la Casa Blanca.

A pesar de sus aspiraciones a convertirse en el presidente americano más disruptivo, y su conocida debilidad por Twitter, Donald Trump sigue utilizando la misma tecnología –el teléfono– que durante más de un siglo ha resultado imprescindible para la diplomacia y el juego político de la Casa Blanca. Por supuesto, el flamante y flamígero ocupante del despacho oval, utiliza el teléfono a su estilo: llama primero a Taiwán antes que a China; no tiene muy claro qué es eso del Nuevo Tratado START; sus conversaciones duran menos de lo previsto; sin faltar broncas inefables como ocurrió con Australia, el país aliado que desde hace un siglo viene acompañando a Estados Unidos en toda clase de guerras.

El primer ocupante de la Casa Blanca que descolgó un teléfono –Rutherford B. Hayes, el 29 de junio de 1877– solamente podía hablar con el vecino departamento del Tesoro. No existían ni operadoras para facilitar las llamadas ni centralitas. Y el sonido era manifiestamente pésimo, descrito como el equivalente a un murmullo a veces ininteligible. Con todo, el entonces presidente de Estados Unidos no dudó en calificar a ese nuevo ingenio como algo “maravilloso”.

Como fruto de la consiguiente evolución de esta tecnología, monopolizada en Estados Unidos por la compañía AT&T, el presidente Woodrow Wilson pudo participar en la primera llamada transcontinental el 25 de enero de 1915. Al dirigirse desde el despacho oval a una selecta audiencia congregada en San Francisco, Wilson reconoció que “apela a la imaginación poder hablar a través del continente”, desde el Atlántico hasta el Pacífico.

En la tarde del 1 de marzo de 2014, el presidente Obama alcanzó también una llamativa plusmarca telefónica al invertir 90 minutos en una tensa conversación con Vladimir Putin, justo antes de materializarse la anexión rusa de Crimea. Con motivo del pulso por Ucrania, la Casa Blanca y el Kremlin llegaron a conectarse en media docena de ocasiones, dentro de un maratón de contactos en el que también participaron, con diferentes niveles de intensidad, los máximos responsables políticos de Alemania, Gran Bretaña, Francia, China, Canadá, Estonia, Italia, Japón, Kazajstán, Letonia, Chipre, Polonia y España.

Aquel alarde de larga distancia y tarifa plana diplomática sirvió para plantear la paradoja de que precisamente en la era de Internet, el teléfono resulta todavía una herramienta de comunicación imprescindible para la Casa Blanca. Sobre todo, para el manejo de crisis y problemas internacionales. La justificación más pragmática es que no todos los países disponen de sofisticadas alternativas para entablar seguras conexiones audiovisuales como el SVTC (Secure Video TeleConference).

Junto a la casi universalidad del teléfono, su utilidad diplomática se justifica también por las ventajas asociadas a la voz humana. Tal y como ha explicado un antiguo alto cargo de la Casa Blanca, la conversación telefónica “es inmediata, relativamente fácil de conectar y asegurar, y al mismo tiempo es muy personal”. De hecho, para aumentar esa deseada sensación de acercamiento en el despacho oval se suele evitar el uso de altavoces.

En la Casa Blanca, todos estos ejercicios de diplomacia telefónica han venido siendo coreografiados hasta el mínimo detalle. Antes de llamar, el presidente suele recibir un dossier elaborado por el Consejo de Seguridad Nacional que incluye una semblanza confidencial del interlocutor y un elaborado resumen de la agenda bilateral. En casos como el de China, una de estas llamadas obliga a empezar por reiterar de forma sumaria toda la política oficial de Estados Unidos hacia Pekín. Es lo que se conoce como One China Policy, que Trump volvió a confirmar en su reciente llamada al presidente Xi Jinping.

Las conversaciones suelen realizarse con la asistencia de un equipo de traductores y ayudantes de máxima confianza y habilidad. El ceremonial incluye una especie de cuenta atrás y la famosa frase de introducción: Please hold for the President of the United States. Con todo, pese al empeño por mantener siempre un tono educado y distendido, algunas veces la conversación puede degenerar en lo que diplomáticamente se conoce como un “franco y cándido” intercambio de puntos de vista.

Desde el escándalo Watergate no se graban estas conversaciones, aunque para consumo interno se elabora una transcripción informal. Por ejemplo, en el libro Plan of Attack de Bob Woodward (Simon & Schuster, 2004, pp. 241, 382, 403) aparecen detalles de algunas deliberaciones sobre el uso de la fuerza contra Irak mantenidas por el presidente George W. Bush y el presidente del Gobierno español, José María Aznar (“Cada vez que te sientes acuérdate de que estamos contigo. Vas a poder ver siempre un bigote junto a ti”). Sin embargo, la conversación telefónica más trascendental con diferencia de la Casa Blanca con Moncloa habría sido la apremiante advertencia financiera planteada por Obama a Zapatero en la primavera de 2010.

Los presidentes americanos disponen de líneas seguras en diferentes puntos de la Casa Blanca, el retiro de Camp David, en su coche oficial (The Beast), helicóptero (Marine One) y avión (Air Force One), aunque las llamadas realizadas en vuelo a veces pueden resultar problemáticas. Y por supuesto, disponen de sus propios terminales móviles con especiales medidas de seguridad. En el caso de que no haya más remedio que utilizar líneas telefónicas no seguras, los interlocutores deben mantener la precaución de no entrar en detalles confidenciales.

Herbert Hoover, a partir del 29 de marzo de 1929, fue el primer ocupante de la Casa Blanca en disponer de forma permanente de un teléfono sobre su escritorio en el despacho oval. En la actualidad, el aparato en cuestión suele estar guardado en un cajón del lado izquierdo del histórico Resolute desk. Y, por supuesto, no es de color rojo. Esa peliculera hotline es más bien una invención de Hollywood basada en la conexión con teletipos encriptados que se estableció entre el Pentágono y el Kremlin tras los graves problemas de comunicación directa sufridos durante la crisis de los misiles cubanos.

Aquella conexión no era exactamente directa, ya que los mensajes intercambiados entre Estados Unidos y la URSS tenían que ser rebotados a través de Londres, Copenhague, Estocolmo y Helsinki. La primera comunicación realizada el 30 de agosto de 1963 desde el Pentágono consistió en el mensaje: The quick brown fox jumped over the lazy dog’s back 1234567890, que sirvió como test de funcionamiento al incluir todas las letras del alfabeto en inglés y todos los números. La respuesta soviética resultó ininteligible por lo que el sistema tuvo que ser técnicamente afinado. Lyndon B. Johnson fue el primer presidente que utilizó ese sistema para comunicarse con Moscú durante la Guerra de los Seis Días en 1967.

Desde el 1 de enero del año 2008, Rusia y Estados Unidos utilizan un nuevo sistema de fibra óptica que permite un intercambio confidencial y en tiempo real de correos electrónicos entre ordenadores especiales. Su correcto funcionamiento se comprueba cada hora durante todos los días del año. En tiempos un poco más distendidos, el presidente Obama llegó a permitirse en 2010 la broma de que Twitter algún día podría convertirse en la nueva conexión directa entre Moscú y Washington. No se imaginaba que, al jubilarse como presidente, Twitter se convertiría en la conexión directa entre la Casa Blanca y el resto del mundo.

Pedro Rodríguez

Pedro Rodríguez

Profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas-ICADE y en la Universidad Complutense de Madrid. Colaborador docente e investigador del Centro Universitario Villanueva, del Máster ABC-UCM y del Instituto Franklin-UAH. Como periodista, ha desempeñado durante veinte años la corresponsalía del diario ABC en Washington. Ahora es columnista de Política Internacional y analista para diferentes medios audiovisuales. Premio extraordinario fin de carrera, becario Fullbright y Máster en International Relations and Mass Media por la Universidad de Georgetown, su tesis doctoral está dedicada a la comunicación política de la Casa Blanca.
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Profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas-ICADE y en la Universidad Complutense de Madrid. Colaborador docente e investigador del Centro Universitario Villanueva, del Máster ABC-UCM y del Instituto Franklin-UAH. Como periodista, ha desempeñado durante veinte años la corresponsalía del diario ABC en Washington. Ahora es columnista de Política Internacional y analista para diferentes medios audiovisuales. Premio extraordinario fin de carrera, becario Fullbright y Máster en International Relations and Mass Media por la Universidad de Georgetown, su tesis doctoral está dedicada a la comunicación política de la Casa Blanca.

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