De circos y domadores: la Unión Europea y los Estados Unidos

De circos y domadores: la Unión Europea y los Estados Unidos

Utilizar los viajes en el tiempo para exteriorizar las preocupaciones que genera nuestro propio presente es un recurso literario sobradamente explotado. Efectivamente, si un viajero del futuro arribara a mayo de 2017 este tendría, sin lugar a dudas, que soportar todo tipo de cuestiones para colmar nuestra curiosidad. Personalmente tengo clara la pregunta que a día de hoy le plantearía: ¿Cómo finalizó el presidente Donald Trump su legislatura? Pero imaginemos que el viaje se produjera en el sentido inverso. Que al momento actual, por tanto, llegase una persona que hubiera observado la evolución de las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Europea durante las últimas décadas. Posiblemente existirían aspectos que le sorprenderían. Para empezar, el circo político que parece haberse apoderado de ambos continentes, con la destitución del director del FBI o la estridente campaña electoral francesa como últimos episodios de una espiral de acontecimientos y sobresaltos que no parece tener límite. Más chocante habría de resultar a este testigo del pasado escuchar las declaraciones del hombre llamado a actuar como embajador estadounidense ante la Unión Europea, Ted Malloch, quien hace solo unos meses se ofreció a domar a los europeos igual que en tiempos pretéritos había hecho el gigante americano con la Unión Soviética.

Efectivamente, parece que la relación transatlántica no atraviesa por sus mejores momentos. Cabe recordar, en este punto, la conocida tesis del historiador noruego Geir Lundestad sobre en qué medida fue la invitación de la Europa occidental de posguerra la que llevó a Estados Unidos a ocupar una posición imperial en los capítulos económico y militar. Una visión netamente condicionada por el escenario que dibujaba la Guerra Fría y la confrontación entre bloques. Por más que en las relaciones europeo-norteamericanas existieran ciertas fisuras y cristalizara la aún permanente sensación de que existen parcelas en las que los ciudadanos del viejo continente actúan como free riders, la voluntad de entendimiento tras el desplome del comunismo parecía inequívoca. Así quedó patente en la declaración firmada por ambas partes en 1990 y, sobre todo, en la nueva agenda transatlántica acordada en 1995.

La expansión del comercio mundial y la voluntad común de responder a los nuevos retos globales ha dado desde entonces sus frutos, incluyendo la colaboración en los Balcanes, Afganistán, la crisis ucraniana o durante las negociaciones con Irán en materia nuclear. Pero también ha atravesado por horas muy bajas, especialmente cuando la locomotora europea denunció los excesos del unilateralismo estadounidense diseñado por la Administración George W. Bush. De ahí que, al calor de esta coyuntura, el mencionado Lundestad decidiera revisitar sus tesis y hablar de la deriva transatlántica. El fin de la guerra de Irak, pero sobre todo el relevo de los principales líderes políticos implicados en este desencuentro, sirvió para vislumbrar una nueva etapa de armonía llamada a extender la cooperación en áreas diversas: ciberseguridad, ayuda al desarrollo, lucha contra el cambio climático, etc. Es en este nuevo marco donde cobran sentido iniciativas como la apertura en 2013 de negociaciones para llevar a buen puerto la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP), la cual no cabe ser entendida sin el definitivo despliegue económico del resto de competidores mundiales. En puridad, más bien la preocupación por la evolución de China que por los BRICS en su conjunto, como puso de manifiesto la denominada doctrina Obama. Claro que tampoco han faltado tropezones, especialmente la desconfianza que generó la publicación de informaciones acerca de los programas de vigilancia que, a nivel global, estaban desarrollando los servicios de inteligencia estadounidenses, no siempre con el conocimiento o beneplácito de sus socios europeos.

Por tanto, de la lectura del anterior párrafo podrían extraerse dos ideas. Por un lado, que no debe nunca obviarse la casuística particular de las distintas naciones implicadas en el proyecto comunitario en lo que respecta a la relación con Estados Unidos. Un caso paradigmático en este sentido suele ser el de Francia, pero también el del Reino Unido. De ahí, por ejemplo, que el desarrollo del Brexit –recordemos el apoyo a tal decisión manifestado por el entonces candidato Donald Trump, frente a la apuesta de Obama por el remain– haya sido seguido con especial atención al otro lado del Atlántico, al considerar muchos analistas que Estados Unidos perdía a  su mejor aliado dentro de la Unión Europea. A su vez, la otra lección que debe entresacarse es que, ante este peculiar presente, nuestro visitante del pasado tendría quizás tantos motivos para extrañarse como para encontrar en él situaciones no tan alejadas de su eventual realidad.

Resulta claro y meridiano que la elección de Trump cayó como un jarro de agua fría en las principales cancillerías europeas. Había sobrados motivos para ello. Antes de su llegada a la Casa Blanca, el acaudalado político había declarado que el Reino Unido estaría mejor fuera de la Unión Europea que en su seno. A su vez, no tardó en pregonar que la Unión Europea estaba siendo utilizada por Alemania como un vehículo para sus fines. Además, hombres fuertes del equipo de Trump, como puede ser Steve Bannon, compartirían en privado sus dudas acerca de un proyecto europeo –el ya mencionado Ted Malloch auguraba un negro futuro para el Euro– que consideraban defectuoso. A ello han de añadirse otros dos temas de preocupación. En primer término, especialmente tras lo acaecido con el tratado transpacífico, la incertidumbre acerca del TTIP generada al calor de las airadas críticas del presidente contra los acuerdos de libre comercio negociados con lógica multilateral. En segundo lugar, las constantes afirmaciones de Trump poniendo en cuestión la utilidad de la OTAN para responder a retos como el terrorismo y reclamando, por ende, una mayor aportación por parte del resto de países. No ha de olvidarse que la imposibilidad europea de desarrollar en el pasado una verdadera política común de defensa convierte la cuestión de la OTAN en una prioridad de máximo nivel.

Un ataque en múltiples frentes al que no tardaron en responder desde el ámbito europeo. Así, Donald Tusk, en una dura carta dirigida a los líderes de la Unión Europea antes de la cumbre de Malta, se refirió al nuevo contexto abierto por la elección de Trump como un cuestionamiento a una dinámica de entendimiento con más de 70 años de vida. A su vez, el presidente de la Comisión hacía declaraciones en la misma línea y prometía reclamar la independencia de Texas si el máximo mandatario estadounidense seguía patrocinando el Brexit. En suma, al circo se sumaban nuevos artistas.

Sin menospreciar la magnitud de todos los retos que tienen por delante norteamericanos y europeos, resulta esencial evitar caer en el catastrofismo. Con el concurso de Trump parece imposible que las aguas puedan nunca volver a correr tranquilas. Sin embargo, existen motivos para la esperanza. El viaje a Bruselas del vicepresidente Mike Pence fue, en este sentido, un rayo de cordura dentro de tanto exabrupto. Está claro que Estados Unidos no va a dejar de presionar a sus socios europeos para que aporten más fondos a la OTAN. Y este será sin duda un importante debate que habrá de correr paralelo a las iniciativas para mejorar el funcionamiento de la Unión Europea. Pero lo sucedido con la Alianza Atlántica y Trump –su obsolescencia se desvaneció tan pronto como el presidente entró en contacto directo con ella– puede servir de espejo para evaluar el recorrido del resto de sus políticas. De hecho, parece probable que la valoración del TTIP siga una senda parecida. Esta tendencia del inquilino de la Casa Blanca a desandar sus pasos exige, por tanto, que los líderes europeos eviten contagiarse de las estridencias que caracterizan el proceder del neoyorquino. Algunos apostarán por reclamar de los europeos ese papel de domador de fieras que parece requerir el contacto con Trump. Se corre, de este modo, el peligro de conducir las relaciones transatlánticas hacia las especificidades de un circo romano. Empero, evitando caer en la manida concepción de que cualquier tiempo pasado fue mejor, tal vez fuera más provechoso seguir orientando la relación hacia un entendimiento amable, como si de un número del Circo del Sol se tratase. En este tipo de acrobacias en ocasiones se está arriba y en otros momentos abajo. Lo esencial es que de la precisión de la coreografía depende que ninguno de los implicados se haga daño. Qué pena no poder preguntar al viajero llegado del futuro cuál fue finalmente el espectáculo que se apoderó de la pista central. No nos queda más remedio que acomodarnos en la butaca y esperar.

Escrito por Misael Arturo López Zapico, profesor ayudante doctor en el departamento de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid. Su actividad investigadora incluye la publicación de diferentes libros y artículos científicos sobre las relaciones políticas y económicas entre España y EE.UU. en el siglo XX

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El Instituto Franklin-UAH cuenta con una serie de investigadores y especialistas relacionados con los Estudios Norteamericanos

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