Cuando Estados Unidos invadió Rusia

Cuando Estados Unidos invadió Rusia

En el centenario de la revolución bolchevique, seis claves sobre la ofensiva militar de la Administración Wilson en la guerra civil rusa.

Con premonitoria clarividencia, en septiembre de 1919, el presidente Woodrow Wilson advirtió en un lugar tan inverosímil como Des Moines, en Iowa, hasta qué punto la globalización empezaba a presentar una inercia imparable:

“¿Ustedes no saben que todo el mundo es ahora una sola galería con eco? Todos los impulsos de la humanidad son arrojados al aire y alcanzan hasta los extremos más remotos de la tierra; discretamente a bordo de barcos de vapor, silenciosamente bajo la cobertura del Servicio de Correos, con la lengua de la radio y con la lengua del telégrafo, todas las sugerencias de desorden y descontento se propagan por todo el mundo”.

En el tumultuoso arranque del siglo XX, a pesar de su tradicional aislacionismo y la protección natural que a lo largo de su historia le han brindado el Atlántico y el Pacífico, incluso Estados Unidos era según Wilson vulnerable a “esa propaganda del desorden, el descontento y la desilusión que se extiende por todo el mundo”. El presidente sabía de lo que estaba hablando. Desde el primer momento de su presidencia (1913-1921), este hijo de un pastor presbiteriano nacido en el Sur, convertido en intelectual y reconvertido a la política, tuvo que enfrentarse a un profundo, generalizado y contagioso cuestionamiento del statu quo.

Junto al empeño de convertir la presidencia en el foco central de la política estadounidense, más allá de su constitucional carácter secundario frente al Congreso, Woodrow Wilson tuvo que enfrentarse a su paso por la Casa Blanca con una sucesión de revoluciones en México, China y Rusia. Y pese a los deseos iniciales de neutralidad, la Administración Wilson terminará embarcándose en una decisiva intervención en la Primera Guerra Mundial (the war to end all wars). Sin olvidar la truncada ambición por parte del presidente de formular e implementar un plan para reorganizar el sistema internacional en base a las mejores intenciones y el idealismo plasmado en una hoja de ruta de catorce puntos.

Al hilo de la revolución de octubre, que ahora cumple su primer centenario, recordamos cómo el presidente Wilson se embarcó en una poco conocida pero trascendental ofensiva militar americana en territorio ruso durante la subsecuente guerra civil tras el golpe de los bolcheviques. Esta fuerza expedicionaria, compuesta por un total de 15.000 oficiales y soldados, se concentró sobre todo en el este de Siberia. Y aunque su objetivo nunca fue enfrentarse directamente con las fuerzas comunistas y luchar junto a los rusos blancos, marcaría el comienzo de una profunda desconfianza entre el embrión de la Unión Soviética y los Estados Unidos.

1. Un buen comienzo 

Ante la original revolución que acabó con el régimen zarista en marzo de 1917, la respuesta de la Casa Blanca no pudo ser más positiva. La Administración Wilson declaró al gobierno provisional, liderado por el socialista moderado Aleksandr Kérenski, como un “socio apropiado”, otorgando su inmediato reconocimiento diplomático. Además de enviar una misión encabezada por uno de sus wise men, Elihu Root, para evaluar el revolucionario cambio político en Rusia y sus implicaciones en el contexto de la Primera Guerra Mundial. En sus conclusiones, el exsecretario de Estado de Theodore Roosevelt hizo gala de una problemática mezcla de optimismo y profundo desconocimiento. Según Root, el nuevo gobierno ruso estaba en condiciones de afianzarse, estabilizar la situación y proseguir su compromiso bélico en las filas de la Triple Entente, requiriendo para todo ello tan solo un limitado respaldo de Estados Unidos.

La Administración Wilson se comprometió a una inversión de 450 millones de dólares para respaldar al gobierno provisional, presupuesto del que se llegarían a desembolsar unos 188 millones. La ayuda americana incluía no solo respaldo financiero sino también expertos en el vital transporte ferroviario y suministros humanitarios. Todo para lograr que Rusia persistiera en la contienda contra Alemania a pesar de las catastróficas y sucesivas derrotas acumuladas por sus desmoralizadas fuerzas armadas.

2. Brest-Litovsk

El punto de inflexión dentro de esta sintonía inicial entre Washington y Petrogrado vendrá con la rebelión bolchevique contra el gobierno provisional y la posterior guerra civil. Vladimir Ilyich Ulyanov, más conocido como Lenin y que había sido ayudado por Alemania para desestabilizar a Rusia, al verse desbordado por los acontecimientos optará por preservar su toma del poder acabando con la participación de su país en la Primera Guerra Mundial. El resultado será el tratado de Brest-Litovsk, una paz separada firmada el 3 de marzo de 1918 con grandes concesiones para el Imperio Alemán, Bulgaria, el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Otomano.

Este cambio sustancial en el balance de fuerzas de la Gran Guerra permitiría que Alemania reforzase con cientos de miles de efectivos sus posiciones en el frente occidental, al no tener que seguir luchando en el frente oriental. Durante los seis meses siguientes a la paz de Brest-Litovsk, los aliados europeos no dejarán de presionar al gobierno de Estados Unidos para compensar la rendición de la Rusia soviética y recrear en la medida de sus posibilidades el descartado frente oriental. Con enorme reluctancia, el presidente Wilson asumió la necesidad de enviar fuerzas militares de Estados Unidos a Siberia y el norte de Rusia.

3. Vladivostok

El gran objetivo utilizado en un principio por los aliados para justificar la intervención militar de Estados Unidos en Rusia fue el puerto oriental de Vladivostok, con la idea de mantenerlo operativo pero fuera del control de los alemanes. Además de asegurarse, a partir de Vladivostok, el dominio y funcionamiento de la estratégica ruta ferroviaria transiberiana.

Posteriormente, se insistió también en la necesidad de hacerse con los puertos de Múrmansk y Arcángel, situados al norte de Rusia y donde los aliados habían almacenado ingentes suministros que corrían el riesgo de caer en manos alemanas. Otro argumento adicional utilizado para persuadir a la Administración Wilson fue prestar ayuda a la Legión Checa. Un contingente de 20.000 soldados renegados del Imperio Austro-Húngaro, comprometidos en la lucha contra las potencias centrales y también contra los bolcheviques.

En este sentido, Woodrow Wilson tenía claro el peligro que representaba el liderazgo de Lenin y había negado el reconocimiento diplomático por parte de Washington al régimen bolchevique. De hecho, la ayuda ya comprometida por Estados Unidos seguía fluyendo pero con destino a las fuerzas rusas que luchaban contra los comunistas en la guerra civil. Con todo, y a la vista de las lecciones dolorosamente aprendidas en México, el presidente de Estados Unidos también era consciente de que la intervención militar americana podía tener el efecto no deseado de reforzar a los bolcheviques.

4. Limitado compromiso

En junio de 1918, cuando la ciudad de París se encontraba al alcance de la artillería alemana, Wilson quiso demostrar el compromiso de Estados Unidos con sus aliados. Y para asegurarse eventualmente la requerida cooperación para la posguerra, el presidente ordenó el despliegue de tropas americanas en territorio ruso. Unos 10.000 soldados americanos a Siberia y otros 5.000 al norte de Rusia. La decisión fue tomada con extremada reluctancia por parte de Wilson: “He estado sudando sangre sobre la cuestión de lo que es correcto y viable hacer en Rusia. Todo se deshace como cuando se toca mercurio”.

Al final de ese verano, Estados Unidos dispondrá de un millón de soldados en Europa, con preparativos para emplear otros tres millones. En el frente ruso, la Casa Blanca consideraba que existía la obligación moral de ayudar en su lucha a la Legión Checa y la implícita opción de resucitar el desaparecido frente oriental. Sin olvidar la necesidad de poner freno a las ambiciones expansionistas de Japón ya consolidadas en la vecina Manchuria.

Como comandante jefe, el presidente Wilson impuso estrictos límites al número de tropas de Estados Unidos para esta fuerza expedicionaria. Junto con restricciones a las reglas para entrar en combate, insistiendo en evitar una confrontación directa con las fuerzas bolcheviques. No obstante, la intervención fue presentada por los comunistas como una ingerencia de Estados Unidos para acabar con la revolución. Según Lenin, el idealismo wilsoniano no era más que liberalismo burgués, tan culpable de imperialismo y de otros crímenes capitalistas como los tradicionales poderes europeos.

5. Misión fracasada 

A pesar de la cautela de la Administración Wilson, la intervención militar en Rusia terminó resultando un fracaso. Cuando las tropas de Estados Unidos llegaron a Vladivostok, los efectivos de la Legión Checa habían conseguido replegarse por sus propios medios del interior de Siberia. Sin necesidad alguna de que la fuerza expedicionaria americana tuviera que acudir a su rescate.

Irónicamente, el factor que hizo innecesaria la misión ordenada por Wilson fue el éxito de los aliados en el frente occidental y la eventual rendición de Alemania. La iniciativa estaba ahora en manos de los aliados y la justificación en la primavera de 1918 para resucitar el frente oriental había dejado de resultar relevante.

Dentro de este balance claramente negativo, Estados Unidos acumuló tensiones no deseadas con Japón. El gobierno imperial había acordado con Washington participar en este despliegue con otros 8.000 soldados propios. Sin embargo, los japoneses enviaron más de 80.000 tropas para satisfacer sus deseos expansionistas en la región. El compartimiento de los militares nipones resultó repugnante para los americanos. Y se acumularon fricciones que se convirtieron en una tensa espiral de creciente animosidad y enfrentamientos a penas contenidos.

6. Retirada expeditiva, consecuencias duraderas

Ante esos resultados, al terminar las hostilidades de la Primera Guerra Mundial, el presidente Wilson ordenó la expeditiva retirada de sus tropas en cuanto fuera posible del frente ruso. El contingente en el noroeste de Rusia salió en el verano de 1919 y los efectivos en Siberia pudieron hacerlo en la siguiente primavera, aunque las consecuencias de esa fugaz intervención en Rusia tenían vocación duradera más allá de sustanciar la rivalidad en el Pacífico entre Japón y Estados Unidos. Los bolcheviques no olvidaron jamás la injerencia militar de Washington, utilizándola como ejemplo de la animosidad imperialista contra las revoluciones que intentaban acabar con siglos de opresión, injusticias y miseria.

Cuando los beligerantes –ganadores, perdedores y el resto– se reunieron en París para considerar los términos de la paz a comienzos de 1919, las tropas de Estados Unidos y del Imperio de Japón todavía permanecían desplegadas en Rusia. Para los bolcheviques, la Primera Guerra Mundial ya había terminado en marzo de 1918 y esa contumaz presencia militar resultaba tan humillante como injustificada.

El presidente Wilson, coherente con sus catorce puntos, pensaba que a pesar de todo se tenía que respetar el derecho de auto-determinación de los rusos, y Lenin era partidario de mantener ciertas conexiones con Estados Unidos para relanzar la economía de Rusia. Incluso se llegó a plantear la posibilidad de una cumbre entre Wilson y Lenin, y una invitación fue remitida desde París para un encuentro en Estambul destinado a organizar un gobierno representativo en Rusia.

Lenin insistió que en una cita de esa naturaleza solamente podían participar los bolcheviques, descartando cualquier participación del abanico de sus opositores. Por el contrario, Wilson quería un esfuerzo inclusivo. Habría que esperar hasta finales de 1943 para el primer encuentro entre un presidente de Estados Unidos y el líder de la Unión Soviética: durante la Segunda Guerra Mundial, será el turno como aliados temporales de Franklin Delano Roosevelt y Joseph Stalin en la cumbre de Teherán.

Referencias

Brands, H. W. (2003). Woodrow Wilson (pp. 88-93). New York: Times Books.

Figes, O. (2017). A Peoples Tragedy: The Russian Revolution 1891-1924 (pp. 650-720). London, UK: The Bodley Head Ltd.

Foglesong, D. S. (1995). America´s Secret War against Bolshevism: United States Intervention in the Russian Civil War, 1917-1920 (pp. 143-187). Chapel Hill, US: The University of North Carolina Press.

Herring, G. C. (2017). The American Century & Beyond: U.S. foreign relations, 1893-2014 (pp. 79-136). New York: Oxford University Press.

Iriye, A. (1993). The Globalizing of America, 1913-1945. Volume III (pp. 39-57).   Cambridge, UK: Cambridge University Press.

Pedro Rodríguez

Pedro Rodríguez

Profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas-ICADE y en la Universidad Complutense de Madrid. Colaborador docente e investigador del Centro Universitario Villanueva, del Máster ABC-UCM y del Instituto Franklin-UAH. Como periodista, ha desempeñado durante veinte años la corresponsalía del diario ABC en Washington. Ahora es columnista de Política Internacional y analista para diferentes medios audiovisuales. Premio extraordinario fin de carrera, becario Fullbright y Máster en International Relations and Mass Media por la Universidad de Georgetown, su tesis doctoral está dedicada a la comunicación política de la Casa Blanca.
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Profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia Comillas-ICADE y en la Universidad Complutense de Madrid. Colaborador docente e investigador del Centro Universitario Villanueva, del Máster ABC-UCM y del Instituto Franklin-UAH. Como periodista, ha desempeñado durante veinte años la corresponsalía del diario ABC en Washington. Ahora es columnista de Política Internacional y analista para diferentes medios audiovisuales. Premio extraordinario fin de carrera, becario Fullbright y Máster en International Relations and Mass Media por la Universidad de Georgetown, su tesis doctoral está dedicada a la comunicación política de la Casa Blanca.

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