¿Gibraltar europeo?

¿Gibraltar europeo?

Las negociaciones para el Brexit están dando los dolores de cabeza que prometían a una y otra orilla del Canal de la Mancha. Entre los muchos puntos de conflicto, el concerniente a si la salida de Gibraltar de la UE habrá de ser negociada a través de España o no sigue demorándose y dando pie a interpretaciones antagónicas. Mientras la primera ministra Theresa May presumía de que el Reino Unido no se había movido ni un milímetro a pesar de la amenaza española de vetar los acuerdos, el presidente Pedro Sánchez afirmaba que “en relación a Gibraltar, España gana y gana Europa”.

El Peñón parece una vez más envuelto en las guerras de propaganda que acompañan a las relaciones internacionales. Pero esto no justifica caer en la tentación de reducir el problema de Gibraltar a esas envolturas propagandísticas. El grito “Gibraltar español” simboliza para algunos la reivindicación legítima de soberanía y para otros un mecanismo de distracción de los problemas reales que afectan a ambas naciones. Sería el mismo tipo de chulería vacía que el 4 de diciembre habría llevado a la tripulación de la corbeta Infanta Helena a cruzar las aguas frente a Gibraltar con el himno español tronando en sus altavoces. Y, sin embargo, Gibraltar ha sido y es mucho más que un símbolo. Sin salir del ejemplo: lo que se juega en el paso de la corbeta es ni más ni menos la falta de reconocimiento por parte de España de unas aguas territoriales que el Reino Unido considera gibraltareñas. Desentrañar la importancia geoestratégica y económica de estas aguas puede ayudar a discernir cómo algunas disputas del pasado inciden todavía en el conflicto presente.

No hace falta remontarse a 1713. La importancia militar del Peñón ha cambiado mucho desde entonces con la introducción de los aviones, los buques portacontenedores y los submarinos. La aviación hizo expugnable la muralla, pero la posición cobró nuevo significado estratégico en el contexto de la navegación entre el Atlántico y el Mediterráneo. Gibraltar no es solamente una Roca; es un Estrecho. Y la Roca ha servido a la Royal Navy británica para vigilar y controlar el paso por el Estrecho en las dos guerras mundiales y en la Guerra Fría.

Fue a lo largo de esta última cuando se perfilaron los términos presentes del conflicto. Por un lado, el Estrecho se convirtió en uno de los más transitados internacionalmente por el paso de contenedores cargados del petróleo que gobernaba la economía mundial. Por otro, los submarinos diésel y nucleares tanto norteamericanos como soviéticos que quisieran entrar en el Mediterráneo sin ser detectados tenían que pasar por él.

Entre el primer cierre del Canal de Suez en 1956 y la guerra árabe-israelí de 1973, el Mediterráneo oriental fue escenario de una de las mayores concentraciones de submarinos por metro cúbico de la historia. Detectar al enemigo sumergido era cuestión de oído. Para poder instalar sistemas fijos de hidrófonos y sónares en el Estrecho de Gibraltar, Estados Unidos negoció con el Reino Unido, pero también con España. Al tener posiciones en el norte de África, España podía ofrecer ambas costas para sistemas de detección acústica como SOSUS y COLOSUS (aunque este último no pasó de fase experimental). La base naval de Rota tuvo un papel importante en las negociaciones de los acuerdos entre España y Estados Unidos de 1953, pero este papel fue aún mayor en negociaciones de renovación en décadas posteriores.

Para el régimen de Franco, la colaboración anti-submarina era una oportunidad de reivindicar la soberanía española con el Peñón. Incluso si esa soberanía era compartida con el Reino Unido, de lo que se trataba era de consolidar el papel de España como asociada a la OTAN. Precisamente para evitar esa asociación, el Reino Unido bloqueaba todo intento estadounidense de incorporar a España a la Alianza. El “¡Gibraltar español!” era en parte un “¡Gibraltar, norteamericano!”.

Finalmente, aunque España entró en la OTAN, el Reino Unido no modificó la posición respecto a la más occidental de sus colonias mediterráneas. También en la década de 1980, la entrada de España en el mercado único europeo alejaba los días del cierre de la verja. El gobierno de Gibraltar aprovechó para inflar su economía a base de ventajas fiscales y las disputas por las aguas territoriales comenzaron a jugarse en términos de protección medioambiental, primero contra el uso de la base para albergar submarinos nucleares y más tarde contra el repostaje de gasolina en el mar (bunkering).

Es posible que el Brexit fuerce el desmantelamiento de esa posición ventajosa en el mercado único. Por tanto, aparece como una nueva oportunidad para la reclamación de la soberanía. Hoy, el “¡Gibraltar español!” y el “Britania, rule the waves!” toman la forma del “¡Gibraltar europeo!”. La guerra de Siria y los recientes conflictos navales en el Mar Negro amenazan con sentar las bases de una nueva guerra fría, también en el Mediterráneo. En este escenario, habrá que permanecer atentos a los movimientos tectónicos reales que subyacen a las guerras de propaganda.

 

Escrito por Lino Camprubí, investigador Ramón y Cajal en la Universidad de Sevilla. Doctor por la Universidad de California, Los Ángeles, ha trabajado en la Universidad Autónoma de Barcelona, el Max Planck Institute for the History of Science (Berlín) y ha sido profesor visitante en la Universidad de Chicago. Es autor de Los ingenieros de Franco: Ciencia, catolicismo y Guerra Fría (Crítica, 2017) y co-editor de De la Guerra Fría al calentamiento global: Estados Unidos, España y el nuevo orden científico mundial (Instituto Franklin-UAH – Libros la Catarata, 2018).

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El Instituto Franklin-UAH cuenta con una serie de investigadores y especialistas relacionados con los Estudios Norteamericanos

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