Un día en Little Bighorn

Un día en Little Bighorn

La claridad emerge imperceptiblemente. Aquellos ligeros copos que una hora antes parecían una lluvia de algodón han dejado de caer. Un resplandor amarillento se filtra entre los nubarrones pesados, oscuros y amenazantes, bajo cuya sombra resalta la resplandeciente blancura del campo de ajenjos cubiertos con una caperuza de nieve. En esta cresta desarbolada de un salvaje lugar de Montana en la que la cellisca golpea el rostro con cristales de hielo, Edward S. Godfrey, un oficial de caballería que había observado el desastre, contó 42 cuerpos mutilados que habían intentado protegerse detrás de una barricada de caballos muertos. Uno de ellos, con una flecha clavada en el pene, era el del teniente coronel George Amstrong Custer.

Detalle de Call of the Bugle, de J. K. Ralston, un cuadro que cuelga en el Visitor Center de Little Bighorn Battlefield. (Fotografía del autor)

En 1876 Estados Unidos conmemoraba el centenario de su independencia. El 10 de mayo, en Fairmont Park, Filadelfia, el presidente Ulysses S. Grant cortó las cintas de la Exposición Universal que por primera vez pisaba suelo americano. Doscientos edificios recién construidos, modernos y llamativos, recibieron las visitas de multitud de visitantes asombrados por los avances tecnológicos que durante la Gilded Age habían hecho de su país una potencia industrial durante un siglo de existencia como Nación.

El 3 de julio, los generales Sherman y Sheridan se unieron a miles de visitantes que iban a inaugurar las festividades del Independence Day. Esa noche, también en Filadelfia, los fuegos artificiales iluminaron Independence Hall engalanado para la ocasión con centenares de banderas y gallardetes de barras y estrellas. El día siguiente, ambos recorrieron oficialmente la exposición. El 6 de julio, estando todavía en Filadelfia, pudieron leer en los periódicos unas confusas noticias sobre un desastre militar en la frontera occidental. Cuando los reporteros preguntaron, ambos declararon que esas noticias eran producto de fantasías calenturientas. En ese momento, cuando conversaba con la prensa, un ayudante de campo le entregó a Sherman un telegrama. Confirmaba lo que decían las noticias: Custer había muerto.

Custer Hill, la colina en la que terminaron sus días Custer y los últimos cuarenta y dos hombres del Séptimo de Caballería. El arbolado del fondo marca el curso del río Little Bighorn. La lápida con el centro negro es la de Custer que reproducimos en la siguiente foto. (Fotografía del autor)

La larga y trágica historia de las guerras indias en el Oeste americano alcanzó su punto culminante con la derrota del teniente coronel George Armstrong Custer y su Séptimo de Caballería en el valle del río Little Bighorn, Montana, el 25 de junio de 1876. La historia de la batalla fue un suceso que ha excitado la imaginación y provocado un intenso debate desde que sucedió.

En un caluroso domingo de junio de 1876, hordas de guerreros indios pintados para la lucha se arremolinaban sobre una cresta desarbolada de Montana que se eleva sobre el Little Bighorn. El batallón de Custer, cinco compañías de caballería de los Estados Unidos, 215 soldados vestidos con camisas tan azules como el cielo que los cubría, se enfrentaron desesperadamente, entre el dolor y el espanto, contra unas fuerzas abrumadoras. Aquel día no hubo sables, ni banderas al viento, ni cargas de caballería, ni hombres valientes aguardando de pie su destino con la muerte en los ojos y sin dejar de hacer puntería con sus colts. Cuando los cañones enmudecieron y el polvo alzado por los cascos de los caballos y el humo de los rifles se levantaron, todos los soldados yacían muertos.

Hay mucho misterio y mucho mito en torno a ese episodio en el que el gran héroe americano y los suyos murieron con las botas puestas. Mientras sonaban en sus oídos los alegres silbidos de Garryowen o del nostálgico She Wore a Yellow Ribbon, generaciones de niños y padres se han sentado juntos en cines y televisores para ver una vez más cómo centenares de guerreros indios salvajes y pintarrajeados rodeaban a un pequeño grupo de hombres vestidos con camisas azules y pantalones con una franja amarilla, y asestaban el golpe mortal a Custer, «Yellow Hair». Con su derrota y con su muerte, Custer y sus hombres lograron una inmortalidad que ni siquiera la más gloriosa de las victorias les habría concedido.

La carrera de Custer también ha servido para mostrar lo volubles que pueden ser las actitudes populares. En la primera mitad del siglo XX, desfiló en la literatura y en las pantallas de cine como un héroe, símbolo de las fuerzas nobles que abrieron el Oeste a la civilización para cumplir el Destino Manifiesto de Estados Unidos. En ese escenario, los indios sirvieron como simples figurones impersonales, que se apartaban a un lado para dejar espacio a los laboriosos colonos que seguían a los sufridos soldados de la frontera.

Más tarde, en los sesenta, los años de Vietnam, Custer cayó de su pedestal y durante más de una década personificó todo lo que era malvado y brutal en el tratamiento histórico de los indios, y en un recordatorio constante de un profundo complejo de culpabilidad para el pueblo estadounidense. «Custer murió por tus pecados», proclamaban las calcomanías de los parabrisas de los coches, repitiendo el título de un conocido mantra que defendía los derechos de los indios. Custer y Little Bighorn se convirtieron en una metáfora de Vietnam. En la película Little Big Man, un lunático Custer se tambaleaba sobre el campo de batalla riéndose y aullando como un poseso, subrayando el paralelo que mucha gente ya percibía entre Vietnam y las Guerras Indias.

Lápida situada en el lugar en el que apareció el cadáver de George Armstrong Custer. (Fotografía del autor)

Little Bighorn vive en nuestra imaginación gracias en buena media al propio Custer. Durante trece años se le presentó a un público que adoraba a los héroes con una combinación irresistible: astuto, atractivo, galante, un héroe juvenil de la Guerra de Secesión que alcanzó el generalato (provisionalmente y de forma un tanto espuria, hay que decir) a los 25; como un explorador atrevido, un cazador, un hombre de las llanuras; como un luchador contra los salvajes; como un cruzado contra la corrupción política; como la personificación del Cuerpo de Caballería de los Estados Unidos y, en fin, como un marido ideal.

A las embelesadas mujeres que suspiraban por el héroe rubio se les ocultaba la realidad: Custer practicaba sexo frecuentemente con Eliza, su cocinera negra, durante la Guerra Civil; con la intérprete cheyenne cautiva Monahsetah durante la campaña del Washita; con la mujer de otro oficial de su regimiento y, mientras no perseguía indios desharrapados y famélicos, con prostitutas. Custer, era, en cualquier caso, un icono enigmático, un hombre de contradicciones desconcertantes, que fue tanto despreciado como amado, ridiculizado e idolatrado, desde que perdió la vida en Little Bighorn.

Little Bighorn vive porque la gente ha encontrado en los soldados de caballería y en los indios temas seductores. El jinete siempre ha cabalgado en la vanguardia de nuestros héroes populares y en nuestra imagen del Oeste el soldado azul y el guerrero pintado nunca han estado muy lejos del vaquero. Y cuando esos estereotipos se personifican, generalmente aparecen Custer y su Séptimo de Caballería, y los sioux de Toro Sentado y Caballo Loco.

Lápida bajo la cual se enterraron los cuerpos de los caballos del Séptimo de Caballería muertos en la batalla. (Fotografía del autor)

La batalla perdura porque el desastre del regimiento de Custer, como la aniquilación de los tejanos en el Álamo, no dejó a ningún sobreviviente blanco para contar la historia. Montado en una mula, hubo un periodista cabalgando con Custer, Mark Kellogg, del Bismarck Tribune, al que los indios mataron sin preguntarle a qué se dedicaba. No pudo enviar una crónica que hubiera clarificado tantas cosas. ¿Hasta dónde llegó Custer?; ¿en qué lugar cayó?; ¿lo remató su propio hermano Tom de un tiro en la sien para que no lo torturaran, como sugiere Nathaniel Philbrick en The Last Stand?; ¿cómo fue el final de su unidad?

La columna de rescate de Edward S. Godfrey encontró los cuerpos mutilados de los soldados dispersos por el campo de batalla entre los cadáveres de sus caballos. Los detalles de la lucha solo podían imaginarse. Se habían sentado las bases para interminables especulaciones y debates. Durante más de un siglo, la verdad completa de lo que sucedió ha escapado al escrutinio de innumerables investigadores históricos. Han estudiado los documentos y el campo de batalla, han entrevistado a los soldados e indios que estuvieron por allí, han reflexionado y discutido sobre personas y acontecimientos. Hoy se sabe mucho sobre lo que pasó y por qué. Pero sigue habiendo muchas preguntas sin respuesta, y en el espacio que dejan ha caído una acumulación de mitos y leyendas entre las cuales un público fascinado tiene pocas oportunidades de distinguir entre la verdad y la ficción.

Los oficiales del ejército, los indios, los escritores populares, los historiadores, los dramaturgos, los poetas, los artistas, la televisión y los productores de películas han contribuido poderosamente a la leyenda de Little Bighorn. Durante más de un siglo, han acumulado una prodigiosa creación literaria, artística y cinematográfica verdaderamente extraordinaria. La imprenta sigue produciendo y las cámaras rodando; el público compra, la polémica continúa y no hay consenso sobre los qué sucedió en esa cresta sombría de Montana el año en que Estados Unidos cumplía cien años y Custer treinta y seis.

La lluvia arrecia. Echo una última mirada a Custer Hill, la colina sembrada con las tumbas de los 42 hombres que rodeaban a Custer, pongo gasolina en la Conoco de Garryowen, Montana, y me voy a dormir a mi desvencijado motel en Ranchester, Wyoming.

Monolito situado en la cima de Custer Hill con los nombres de todos los soldados muertos en la batalla. Entre los tres capitanes figura el nombre del hermano de Custer, Tom W. Custer. (Fotografía del autor)

Manuel Peinado

Investigador del Instituto Franklin-UAH y catedrático de la Universidad de Alcalá.

Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Alcalá ha sido secretario general, secretario del Consejo Social, vicerrector de Investigación y director del Departamento de Biología Vegetal. Es también director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. Es especialista en el estudio de la vegetación del oeste de Norteamérica, donde ha llevado a cabo su investigación desde 1989, cuyos resultados han sido publicados en una cincuentena de artículos científicos.

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Manuel Peinado
Investigador del Instituto Franklin-UAH y catedrático de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada. Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Alcalá ha sido secretario general, secretario del Consejo Social, vicerrector de Investigación y director del Departamento de Biología Vegetal. Es también director de la Cátedra de Medio Ambiente de la Fundación General de la Universidad de Alcalá. Es especialista en el estudio de la vegetación del oeste de Norteamérica, donde ha llevado a cabo su investigación desde 1989, cuyos resultados han sido publicados en una cincuentena de artículos científicos.

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