Ucrania: ¿hacia un meridiano 38?

Tras la ocupación rusa de la provincia ucraniana de Crimea, Occidente, con Estados Unidos a la cabeza, ha amenazado al gigante ruso con sanciones si no retira sus tropas de ese enclave. No son muchas las soluciones factibles para lo que está sucediendo en Ucrania. Todos descartan la más peligrosa, una confrontación militar de la que nadie saldría victorioso. Quizás la salida que nadie quiere, dividir el país, pueda, a la larga, ser el menor de los grandes males.

La Guerra Fría, ese período de la historia mundial que parecía olvidado tras la caída del muro de Berlín, nos trajo la división de la península de Corea no solo en dos países distintos, sino también en dos filosofías políticas contrapuestas. Por debajo del paralelo 38, Corea del Sur, un país vinculado a occidente y al capitalismo; por encima, Corea del Norte, donde la dictadura comunista ha perdurado desgraciadamente más allá del fin de la URSS o del pseudo-socialismo chino. La situación que se ha planteado en Ucrania tras la invasión de Crimea –les guste o no a los rusos, es una ocupación militar que viola todo derecho internacional– nos retrotrae a esa Guerra Fría que para algunos fue una tercera guerra mundial no declarada. A estas alturas no estamos, sin embargo, bajo la amenaza real de un conflicto armado entre Occidente y Rusia. Ni tan siquiera entre Ucrania y Rusia. Para ucranianos, occidentales y rusos, cualquier opción que no incluya el uso de las armas es una buena solución. Aunque esa solución no guste a ninguna de las partes.

La incursión en Crimea no puede verse como un elemento aislado dentro de las relaciones internacionales rusas. El presidente Putin ha tratado en los últimos años de corregir lo que él considera la peor catástrofe geopolítica del siglo XX: la desaparición de la URSS. Para ello, ha utilizado los recursos naturales rusos –venta de gas a gobiernos vecinos afines,- o la fuerza militar -recuérdese el caso de Georgia y Osetia del Sur,- con el claro objetivo de mantener y aumentar su hegemonía regional. El verdadero peligro que se cierne sobre la zona es la voluntad rusa de proteger a aquellos compatriotas que en determinados lugares son una minoría y que podrían estar indefensos ante gobiernos inestables, como el ucraniano. Este sentimiento nacionalista es el que, más allá del interés geográfico de Rusia por la península, ha llevado al Anschluss de Crimea. La cuestión es si la Unión Europea debe permanecer impasible, como sugiere Alemania, ya que las relaciones comerciales con Rusia son esenciales para los germanos, o hacer lo que sugieren los EE.UU y tomar medidas sancionadoras.

El presidente Obama se encuentra ante la peor crisis internacional desde que llegó al poder en 2008. Su actitud de no provocar al oso ruso junto a la debilidad europea a la hora de tomar decisiones conjuntas ha envalentonado a Putin. Si realmente quiere evitar las acusaciones de "nuevo aislacionismo" que se han vertido sobre su administración desde las filas republicanas, Obama, más allá de las disposiciones de castigo que se tomen, tiene que forzar a Rusia a negociar con la Unión Europea y, por su puesto, con Ucrania una salida al problema de Crimea y de los rusos en Ucrania. Mantener el actual status quo con la mitad de Ucrania queriendo ser europea y la otra mitad rusa no es, en ningún caso, la solución definitiva. Permitir que Rusia se asiente de forma permanente en Crimea o en el resto de la Ucrania de habla rusa, desafiando a la comunidad internacional, tampoco resolvería nada. Si al nacionalismo ruso se le hace esta concesión ¿quién podría evitar que reclamara otras áreas en las que los rusos son igualmente una minoría? Quizás la salida que nadie quiere, dividir el país en dos Estados soberanos, sea la única vía: establecer un metafórico meridiano, como se hizo en Corea con el paralelo 38, con un oeste dentro de la OTAN y la Unión Europea y un este bajo influencia rusa, pero sin ser Rusia.  Puede que, sin ser conscientes, estemos ya caminando hacia la segunda Guerra Fría.

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