El laberinto iraquí

La situación en Irak se está convirtiendo en un verdadero quebradero de cabeza para la administración Obama. Las distintas facciones que luchan en el país -kurdos, suníes, chiíes, y hasta ex miembros del Partido Baaz-, parece que pueden acabar arrastrando a naciones vecinas, convirtiendo un conflicto interno en un problema regional que podría afectar a la economía global.

Quizás nadie lo recuerde, pero Rambo III (sí, la anodina segunda secuela de la mítica Acorralado) nos ofrecía una imagen de John Rambo luchando codo con codo con los “valerosos” muyahidines afganos que se enfrentaban a la invasora Unión Soviética. La película, que se estrenó diez días después de la retirada de las tropas rusas de Afganistán, fue un fracaso. Anticipaba ese fiasco fílmico otro mayor, el error cometido por Estados Unidos al apoyar a grupos insurgentes que acabarían sucumbiendo al control de los Talibanes y de Al Qaeda y provocando el mayor atentado de la historia jamás cometido en suelo estadounidense. Hay que aprender de los errores. Sería equivocado mirar hacia otro lado y permitir que el islamismo radical tome el control de Siria o Irak . Es posible que sus gobernantes sean detestables y detestados fuera y dentro de sus países. Pero creer que las insurgencias yihadistas son mejores es un grave error geoestratégico.

La política exterior de Barack Obama ha sido calificada de blanda por el Partido Republicano. Al mismo tiempo, el ala izquierda de su partido y los ultraconservadores del Tea Party la consideran demasiado intervencionista. El presidente, guste más o menos, solo ha sido coherente con su programa político. En un país en el que el jefe del Estado apenas cuenta con poder ejecutivo, es en la política exterior donde el máximo mandatario puede realmente ser más fiel a sus promesas electorales. Obama dijo que saldría de Irak y lo hizo. Sin embargo, lo que hoy está en juego en ese país trasciende a la nación estadounidense y nos puede afectar a todos. Si los yihadistas suníes del “Islamic State of Iraq and Syria” (ISIS) persisten en su avance por el país, los precios del oro negro volverán a incrementarse, poniendo en riesgo la leve recuperación económica que se atisba en el mundo occidental. La prudencia y la mesura parecen ahora las mejores aliadas de Estados Unidos.

La disyuntiva a la que se enfrenta la Casa Blanca es clara: aliarse con Irán, mayoritariamente chií como el gobierno iraquí de Nuri Al-Maliki, o mantenerse neutral y ver cómo se desarrollan los acontecimientos. Los iraníes piensan que lo que está ocurriendo en Irak no es más que una maniobra de Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí –Estado mayoritariamente suní y enemigo acérrimo de Irán. De hecho, desde Irán ya se espera una “fatwat” que lleve voluntarios al territorio vecino, como ya han hecho en Siria. Y la situación se complica todavía más con la minoría kurda reclamando un Estado propio que reemplace a la generosa autonomía concedida desde Bagdad, y los turcos rechazando esa iniciativa y permitiendo el paso por su territorio de los voluntarios del ISIS. El secretario de Estado Kerry ha pedido diálogo a todos, proponiendo la creación de un gobierno de concentración nacional en Irak que ya ha sido rechazado por Maliki. John Rambo terminó luchando en Afganistán junto a los muyahidines que en 2001 atentaron contra los EUA. Los respaldos en el laberinto iraquí son todavía más complejos.

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