Una casa dividida

Aunque este blog no pretende analizar la actualidad política española, los últimos acontecimientos que se han desarrollado en Cataluña han traspasado fronteras y han llegado al otro lado del Atlántico. Quedará por ver si esos hechos han despertado, o no, el interés que la propaganda nacionalista ha tratado de impulsar con la consulta del pasado domingo.

Los estadounidenses son un pueblo que vive el presente y piensa en el futuro. Todo lo que tiene que ver con el pasado es historia (That’s history, suelen decir) y por tanto no tiene el valor pragmático (y en ocasiones mesiánico) que los europeos solemos dar a esa ciencia. Las últimas reclamaciones nacionalistas en España se sustentan en un pasado histórico ficticio que trata de dar por verdad lo que nunca fue. No es mi intención juzgar aquí si es acertado o no utilizar en beneficio propio una reescritura de la historia hecha a medida. Los estadounidenses, por ejemplo, creen equivocadamente que su devenir histórico comienza con la llegada de los peregrinos del Mayflower en 1620, obviando que un siglo antes Ponce de León, Hernando de Soto o Cabeza de Vaca ya deambulaban por lo que habría de ser Estados Unidos. Piensan que de esos acontecimientos hace mucho tiempo y que en nada afectan su día a día. El pueblo americano ha ido cerrando capítulos de su historia con mayor o menor fortuna, entre ellos el de la Guerra Civil. Un conflicto que no se luchó por la esclavitud, sino por la articulación del Estado. Idea que hoy se nos plantea y que sigue sin resolverse en España.

Un claro ejemplo de la dificultad de estructurar el Estado español es el simulacro de votación que se celebró el pasado domingo en el Principado de Cataluña. Independientemente de la legalidad o de la veracidad de los resultados –a todas luces el proceso no tenía garantía democrática alguna,– este mock poll ha despertado cierto interés entre los medios de comunicación internacionales. La cadena abc NEWS reconocía que un tercio de la población había votado y que algo más de un millón y medio lo habían hecho pidiendo la independencia. Reconocía también que más de cinco millones de catalanes con el “supuesto” derecho al voto habían preferido quedarse en casa, bien por no estar de acuerdo o porque la encuesta no tenía validez alguna. Raphael Minder, corresponsal de The New York Times en Madrid, hacía una lectura sesgada de la jornada del 9-N, pues confundía al lector estadounidense al apuntar la victoria aplastante de la Cataluña sediciosa. Minder no hacía referencia alguna a los dos tercios de catalanes que prefirieron no participar en la consulta. Una voz, la contraria al proceso, que apenas ha recibido eco en los medios internacionales y que, no obstante, representa a una parte importante de los catalanes.

Lo ocurrido el domingo deja varias lecturas. La primera es que hay una creciente corriente separatista en Cataluña, producto en parte de la crisis económica, pero también de la incapacidad de los gobernantes españoles de dar satisfacción a los anhelos de los catalanes. Está claro que cuanto más rechace Madrid (sinécdoque de España) la negociación, más independentistas surgirán. La segunda, y más dolorosa, es la creciente división en la sociedad civil catalana entre los separatistas y los no secesionistas. División que se está extendiendo entre catalanes y españoles. Esta, afortunadamente, está a tiempo de solventarse. En los prolegómenos de la Guerra de Secesión estadounidense, Lincoln utilizó el evangelio de San Marcos (3:25) en un discurso que venía a poner de manifiesto la imposibilidad de vivir en una discordia constante. “Una casa dividida contra sí misma, no se puede mantener,” decía el presidente. A Lincoln le hubiera gustado acabar pacíficamente con la discordia y no pudo ser. Nosotros estamos a tiempo.

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