El español como signo y la comunidad hispana como objeto

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En 2004, a partir de datos de la Oficina del Censo correspondientes al año 2000, me atreví a proponer tres posibles escenarios para un futuro a treinta años del español en los Estados Unidos. Esos hipotéticos escenarios, fundamentados cuantitativa y cualitativamente, se presentaban de la siguiente manera:

  • Hipótesis de la asimilación. En este escenario, la segunda generación de hispanos vería sus señas de identidad sustituidas parcialmente por las anglosajonas y en la tercera lo haría de manera absoluta. Esta hipótesis asumiría el efecto melting pot o, dicho de otra forma, la ley de hierro de la tercera generación, según los razonamientos de Joshua Fishman o Calvin Veltman.
  • Hipótesis de la diglosia. Este escenario suponía una reacción de la sociedad americana para frenar la expansión hispana y congelar algunos de sus trazos sociales y lingüísticos más marcados. La línea del movimiento English Only iría cerrando espacios públicos al uso del español y provocando, consecuentemente, un deterioro de su prestigio social.
  • Hipótesis de la biculturalidad. En este tercer escenario, la contigüidad geográfica entre los territorios de mayor tradición hispanohablante, la concentración geográfica de los migrantes recién llegados y la alta tasa de natalidad contribuirían a un refuerzo de la población identificada como hispana. En esta hipotética circunstancia, aumentaría aún más la demanda del español en los centros de enseñanza de todos los niveles.

Ahora bien, transcurridos 15 años desde la propuesta de estos escenarios, resulta interesante hacer una interpretación más general sobre la relación que la lengua española, entendida como “signo”, establece con la comunidad latina o hispana, entendida como “objeto”. Para la interpretación de tan compleja situación, nada mejor que recurrir a un clásico de la semiótica como Charles Pierce, que distingue tres clases de signos según la relación que establecen con sus objetos: indicios, símbolos e iconos.

Efectivamente, la realidad del español estadounidense, como signo, referida a la comunidad hispana, como objeto, parece moverse entre los indicios, los símbolos y los iconos, en una dirección que apuntaría a ese mismo sentido, aunque a menudo se desplace de unos a otros dependiendo de las condiciones sociolingüísticas del entorno. El español ha funcionado durante décadas como “indicio” porque su sola presencia, cualquier palabra del español oída en la lejanía, anunciaba la existencia de hispanohablantes o de una comunidad hispanohablante, del tamaño que fuera. Así sigue ocurriendo en Florida o el Suroeste. En muchas comunidades, en cambio, el uso del español se ha convertido en tan solo un símbolo de lo hispano, singularmente cuando el inglés se ha expandido por la mayor parte de los ámbitos sociales y especialmente entre los hispanos más jóvenes. En un tercer estadio, el uso de palabras o fragmentos aislados en español, dentro de un discurso construido en inglés, adquiere un valor simplemente icónico, como el tatuaje de una virgen de Guadalupe, porque el uso de expresiones aisladas no supone un conocimiento real español, como el tatuaje de la guadalupana tampoco denota el catolicismo del que lo exhibe. El español adquiere un valor icónico cuando un hispano puede presentarse socialmente como tal y reivindicar su identidad sin necesidad de hablar español con una mínima fluidez. Esta deriva semiótica no se produce necesariamente en todos los ámbitos y regiones estadounidenses ni de un modo lineal, pero su existencia es un hecho, más allá del modo en que se concrete.

Dentro de quince años estaremos en condiciones de saber si esa deriva lineal hacia el valor icónico de la lengua española se ha completado o ha saltado por los aires. Ya no se tratará de comprobar cuál de los escenarios –asimilacionista, diglósico y bicultural– ha triunfado, sino de comprender cómo funciona la dinámica semiótica del español en relación con su comunidad de referencia en los Estados Unidos.

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