De “racismo” y “racismo inverso”

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Circula por las redes un vídeo de la multitudinaria manifestación del 8M en Madrid del año pasado en el que un grupo de feministas se intentan colocar junto a otro grupo de mujeres, en este caso, que se definen a sí mismas como racializadas. En la pugna por hacerse hueco en la manifestación, una joven con velo abronca, megáfono en mano, a las feministas que no son racializadas y que pretendían entrar en el “bloque racializado”, con frases como: “¿Eres racializada? Pues ¡fuera, puta blanca!”. Las mujeres no-racializadas defendían, en la discusión, su derecho a ocupar también un lugar en la marcha del 8M. La disputa dialéctica terminó cuando la joven con el hiyab y otras de su grupo racializado, acabaron espetando a las mujeres “blancas” uno de los más temidos calificativos que hoy en día se pueden recibir, incluso cuando uno ni tan siquiera lo es: ‘racista’. Hecho este que me recuerda a ese grupo de independentistas catalanes llamando ‘fascista’ a Joan Manuel Serrat. Atributo este también, junto al de ‘racista’ y el de ‘machista’, claro ejemplo de cómo unos pocos, los que se creen en posesión de la verdad, mancillan, muchas veces sin conocimiento real, a personas que nunca en su vida han sido ni racistas ni, por supuesto, fascistas o machistas.

Esta introducción viene al hilo de lo que está pasando en Estados Unidos tras la muerte, o, mejor dicho, asesinato de George Floyd a manos de un policía blanco de Mineápolis, y que ha generado una ola de protestas no solo a nivel estadounidense, pero también mundial. Las demostraciones que han recorrido el país norteamericano y el resto del mundo han sido necesarias y, en su mayoría, pacíficas. Estados Unidos tiene, para su desgracia, una sociedad que todavía es racista, y donde el color de tu piel condiciona, en todos los estratos sociales, cómo te perciben y el lugar que ocupas o puedes llegar a ocupar dentro de esa sociedad. En un país donde la policía primero dispara y luego pregunta, como un acto reflejo de auto-defensa, el ser afroamericano o latino supone un plus de peligrosidad a la hora de recibir un disparo o una detención violenta con resultado de muerte por parte de los cuerpos de seguridad. Es cierto que mueren más blancos a manos de la policía que afroamericanos, pero en términos de proporcionalidad poblacional, las cifras dicen lo contrario.

Para justificar la anterior afirmación categórica sobre el racismo estadounidense, basta con analizar los datos de decesos que está provocando la COVID-19 en Estados Unidos. Si en España, por ejemplo, la desgraciada “selección” de a quién salvar en los momentos más dramáticos de la epidemia se basó en criterios de edad –algo que se extendió por toda la Unión Europea–, en el país norteamericano esa “selección” se ha basado, fundamentalmente, en criterios económicos, afectando a los más desvalidos que, en su mayoría, son afroamericanos y latinos. Según la Asociación Americana de Psicología, en el estado de Illinois, los afroamericanos representan el 43 % de los decesos por COVID-19 y el 28 % de todos los análisis positivos, cuando solo son el 15 % de la población del estado. Estas cifras reflejan que los afroamericanos presentan condiciones de salud más vulnerables como resultado de la inequidad social y económica en la que viven.

Por eso decía, y mantengo, que las protestas pacíficas que se han visto por todo el país son necesarias, porque guste o no, Estados Unidos sigue siendo racista. Sin embargo, ese racismo tiene muchas vertientes, y no solo en la de la discriminación de los blancos hacia los no-blancos. Esta es la más notable porque –no hay que olvidarlo– todavía existe una mayoría en el país que se siente heredera de los principios anglosajones, blancos y protestantes que, en su opinión, forjaron el carácter estadounidense. Pero también existe un racismo inverso, que quizás no es tan ostensible porque si se señala corres el riesgo de ser acusado, precisamente como en caso de la manifestación del 8M al que hacía referencia al principio, de racista. Ese racismo inverso es el que ha llevado a algunos –por fortuna, los menos– a provocar altercados violentos en ciudades como Nueva York. Ese racismo inverso es el que prejuzga sin conocer las causas históricas a personajes como Colón, Ponce o, como en Gran Bretaña, al mismísimo Churchill. Ese racismo inverso es el que debe entender que Lincoln, hombre de su tiempo, era racista, y que incluso sugirió mandar de vuelta a África a los negros de Estados Unidos porque, como sabemos, salvar la Unión estaba por encima de todo. Asaltar tiendas de Louis Vuitton o Zara solo sirve para ratificar a los supremacistas blancos, incluso al estadounidense medio que nunca lo ha sido, en sus posturas. Al final, quien con sus ideas se cree por encima de todos y de todo, acaba por perder toda la razón.

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