Los musulmanes como estrategia electoral

Un musulmán no debería ser presidente de Estados Unidos. Es lo que piensa el neurocirujano metido a político, Ben Carson, que considera que ser musulmán excluye a una persona como candidata a la presidencia de su país.

Rezar a Alá en vez de a Dios o a Buda, es algo que lo convierte en incompatible con el Despacho Oval. Igual que en su momento, ser negro era incompatible con votar, con sentarse con los blancos en el autobús o con ser libre.

Ahora es, precisamente, un hombre de raza negra el que incapacita como presidentes del país a los musulmanes. Además de la cuestión xenófoba que plantea esa afirmación, si tenemos en cuenta que no hay ningún musulmán aspirando a ser presidente de los Estados Unidos en las próximas elecciones, es incluso innecesario afirmar algo así. Se trata de un escenario que no va a darse a corto o medio plazo.

¿Por qué, entonces, decide Carson meterse en un jardín tan espinoso? ¿Acaso ha decidido seguir el sendero de Donald Trump de ‘cuanto más ruido, mejor’?

Sus palabras llegan después de que el magnate declarara que un problema que tiene Estados Unidos son los musulmanes. Algunos musulmanes. Podría haber especificado que también algunos protestantes, algunos ateos, algunos negros, algunos blancos son un problema. En todos y cada uno de los colectivos étnicos y religiosos existentes en el mundo, hay personas honradas, hay terroristas y hay criminales. ¿Por qué estigmatizar, en este caso, a los musulmanes?

Trump no hace más que alimentar aún más la polémica en la que parece basar su campaña electoral, ocupando portadas día a día.

El objeto de uno de sus ataques más recientes es, precisamente, un grupo muy concreto de musulmanes: los refugiados sirios. Cuando la comunidad internacional no ha tenido más remedio que despertar a la grave crisis humanitaria provocada por la guerra en Siria y otros conflictos en Oriente Próximo, cuando ante la ONU llegan, al fin, propuestas para afrontar este problema de forma global, Trump apuesta por criminalizar a esos millones de personas que huyen de las bombas. El magnate lanza al electorado la teoría de que se trata de un ejército que ISIS está infiltrando en Europa. Trump sustenta su afirmación en que “son todo hombres”. Guerreros dispuestos a formar un ejército de terroristas durmientes, esperando para sembrar el pánico una vez estén asentados en Occidente. No le importa a Trump que las cifras reales desmientan completamente esa afirmación.

De los más de 4 millones de refugiados que han tenido que huir de Siria, un poco más de la mitad son mujeres, según los datos de ACNUR. En cuanto a que todo son hombres fuertes (en edad de combatir, quiere decir Trump), de nuevo, es una afirmación falsa. Tan sólo el 21% de los refugiados sirios son hombres entre 18 y 59 años. Hay incluso más varones menores de edad, que suponen un 26,3% de estos refugiados.

Si, además, tenemos en cuenta que en Estados Unidos, tan sólo el 2% de la población es musulmana, y que el número de refugiados sirios que el gobierno piensa acoger en un año es de 10.000 (para un país de 318 millones de habitantes), se puede concluir que las declaraciones de Trump no hacen más que alimentar innecesariamente el discurso del miedo.

¿Es una estrategia política acertada? Mientras la carrera esté limitada tan sólo al Partido Republicano, tal vez sí. Según un estudio del Arab American Institute, el 63% de los votantes republicanos tienen una opinión desfavorable sobre los musulmanes.

Así que, tal vez Trump tenga razón y haya un problema con los musulmanes: que a algunos republicanos les conviene usarlos como arma electoral.

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