Obituario: Pat Schroeder, lucha feminista desde el Capitolio

Leffler, Warren K., photographer-BOLETIN-Irene-DA

«Tengo cerebro y tengo útero, y utilizo ambos». Así respondió Pat Schroeder a otro congresista cuando le preguntó cómo compaginaba el cargo con ser madre de dos niños pequeños. Obviamente, nadie le hacía esa pregunta a los muchos padres que había en una Cámara de Representantes que ella denominaba «gulag de tíos». En 1972, cuando consiguió su asiento por Colorado, sólo había 14 mujeres congresistas. Una presencia incomprensible para la mayoría de los varones. «No entiendo qué haces aquí. Esto va de beber Chivas, de billetes de 1.000 dólares, de mujeres bonitas y de viajes en Jet privado… ¿Por qué has venido?», le espetó uno de sus colegas. Muchos se referían a ella con el desdeñoso calificativo de «pequeña Patsy”.

Hacerse, literalmente, un hueco no fue fácil. Schroeder entró en el Comité de Servicios Armados de la Cámara porque, decía “cuando los hombres hablan sobre defensa, proclaman estar protegiendo a mujeres y niños, pero nunca le preguntan a las mujeres y a los niños qué piensan”. El presidente del comité, el poderoso conservador Félix Edward Hébert, congresista por Louisiana, decidió que ella no podía tener su propio asiento. La obligó a compartirlo con el congresista afroamericano Ronald V. Dellmus. En la primera reunión del comité ambos tuvieron que sentarse «mejilla con mejilla», contó Schroeder, porque Hébert «dijo que las mujeres y los negros sólo valían como ‘medio’ miembro ‘normal’.» Ellos acabaron ganando la batalla. El presidente del comité fue destituido dos años después mientras que Schroeder formó parte del mismo durante sus 24 años en la Cámara.

Durante sus 12 legislaturas demostró que la presencia de mujeres pone sobre la mesa cuestiones que, sin ellas, no forman parte de la agenda. Como feminista que era, Schroeder destacó por su impulso de medidas en favor de las mujeres. Hizo campaña en Colorado por la Enmienda de Igualdad de Derechos y fue una firme defensora del aborto. En 1978 ayudó a aprobar la Ley contra la Discriminación del Embarazo que impedía a las empresas despedir a mujeres por estar embarazadas y negarles beneficios por maternidad. Y en 1993 consiguió sacar adelante la ley que otorgó el derecho a hasta 18 semanas de excedencia (no retribuida) para el cuidado de recién nacidos, niños enfermos y ancianos. Un avance en un país, Estados Unidos, que es el único del mundo desarrollado sin permiso de maternidad. Defensa de los cuidados por parte de una mujer que nunca escondió que conciliaba su faceta política con la maternidad. Conocida por tener siempre pañales en el bolso y ceras para colorear en su despacho, cargaba contra quienes juzgaban que debía dejar su escaño para atender a sus hijos. Aunque, al mismo tiempo, no escapaba de esa maldita culpabilidad que persigue a tantas madres. Tras su primer día en la Cámara confesó haber pensado: «¿Qué hago aquí? Ni siquiera he enseñado a mi hija a usar el orinal».

Desde su puesto en el Comité de Servicios Armados consiguió mejorar las ayudas, la asistencia sanitaria y las condiciones de vida del personal militar, y demandó reformas para luchar contra los abusos sexuales en el ejército. A mediados de los 90 hizo que su comité recomendara que las mujeres pudieran ser pilotos de combate. Una medida que puso furiosos a sus críticos más a la derecha, como el teniente coronel Oliver North, que la incluyó entre los 25 políticos más peligrosos del país. No extraña ese odio por parte del condenado por el escándalo Irán-Contra teniendo en cuenta el antibelicismo de Schroeder. Crítica declarada de la Guerra de Vietnam y defensora del control de armas, luchó desde la Cámara por limitar el gasto militar durante la carrera armamentística de la Guerra Fría. Abogaba por una «fuerza razonable» en lugar de la «redundancia no razonable».

Para finales de los 80 era una de las caras más conocidas del Capitolio. Ser mujer y no dudar en alzar la voz la habían convertido en un foco de atención para los medios de comunicación, que ella sabía utiliza perfectamente para poner el foco en los asuntos que le interesaban. Suyo es el calificativo de Reagan como «Presidente Teflón», porque todos los escándalos que le salpicaban (como el Irán-Contra) acababan resbalándole sin dañar su imagen pública.

 

Una de sus imágenes más recordadas es la de su llanto público en 1987. No pudo evitar emocionarse cuando anunció que no se presentaría a presidenta, tal y como le pedían sus seguidores. Se lo había planteado después de que el candidato al que apoyaba tuviera que retirarse al conocerse que había sido infiel. Pero después se dio cuenta de que era demasiado tarde para tener opciones. Aquellas lágrimas le costaron las críticas de muchas feministas, que la acusaron de reforzar estereotipos, y de columnistas mujeres, que la culparon de haber acabado con la posibilidad de que una mujer se presentara a la presidencia en lo que quedaba de siglo. Los conservadores sostenían que había mostrado una emocionalidad peligrosa. Como dijo en sus memorias, «fueron mis lágrimas y no mis palabras las que coparon los titulares». 17 segundos a los que se dio más importancia que a todos sus años de carrera. La crítica fue injusta para una mujer que dedicó su vida a luchar por los derechos de todas y que siempre había sido una pionera.

De joven obtuvo el título de piloto y así, volando, fue como ganó el dinero necesario para pagarse la universidad. Se sacó el título de abogada en la Escuela de Derecho de Harvard. Una de 15 mujeres en una clase de 500 alumnos. Decía haberse sentido «sumergida en el sexismo». Una constante en su carrera. Preguntada por cómo influyó la cuestión de género en su primera campaña al Congreso, recordaba Schroeder, la prensa tituló ‘Ama de casa de Denver se presenta al Congreso’. «Bueno, sí, era ama de casa. Pero también abogada por Harvard… así que (el género) fue el asunto desde el día uno». Con su muerte, esta semana, a los 82 años por un derrame cerebral, Estados Unidos pierde a la congresista que ayudó a redefinir el papel de las mujeres en la política americana.


Escrito por Irene Sacaluga (@IreneSacaluga), licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense (2008). Especialista en Información internacional y Países del Sur y Máster en Política internacional por la UCM. HA trabajado como periodista en la Agencia Efe, elmundo.es, la Cadena Ser, Antena 3 y Televisión Española. Actualmente coordina la sección de internacional de los informativos de La Sexta. 

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