Quien controla el pasado, controla el futuro 

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Las manifestaciones de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en su reciente viaje a Estados Unidos afirmando que “el indigenismo es el nuevo comunismo” se ha convertido en el acontecimiento más destacado de su periplo norteamericano. Para unos se trata de un desatino próximo al esperpento, para otros una manifestación del orgullo patrio sistemáticamente vapuleado y arrastrado en los últimos tiempos. Más allá de polémicas, lo cierto es que la presidenta madrileña ha escenificado los sentimientos de buena parte de españoles e hispanos que han permanecido en un circunspecto ostracismo por mor de lo políticamente correcto.

Durante décadas la celebración del 12 de octubre –la “Hispanidad” en España y “Columbus Day” en Estados Unidos –, estuvo marcada en aquella nación por el espíritu festivo y reivindicativo de las comunidades hispanas, que no la española. En el caso de Nueva York y Chicago fastuosos y populares desfiles recorrían la Quinta Avenida y el parque de Colón, respectivamente, representando la exaltación de la tradición de millones de emigrantes de origen italiano hasta el punto de hacer suya en exclusiva la figura del pretendido genovés. El parque nacional de Cabrillo en San Diego está coronado por una estatua de quien en 1542 descubrió la bahía de San Diego, punto de partida para la Santa Expedición de Portolá/Serra en 1769 para colonizar California. Más allá de que Juan Rodríguez Cabrillo hubiera nacido en el portugués municipio de Montalegre o en el cordobés de Palma del Río, los visitantes al Cabrillo Memorial de Punta Loma, donde se emplaza el referido monumento, lo abandonarán con la idea de que Portugal protagonizó la gesta del descubrimiento. Algo similar ocurre en lo relativo a la Independencia Norteamericana: España jugó un papel más que destacado en el desenlace final de la contienda, pero el reconocimiento fue para Francia.

Tanto el “Columbus Day” como Cabrillo National Park son ejemplos del histórico abandono, cuando no desidia, de España respecto a lo que fue el “Septentrión” del imperio; y el episodio independentista de la tradicional apatía sobre este asunto. Hernán Cortés, Pizarro, Elcano, Núñez de Balboa, Alvarado… forman parte del imaginario colectivo; no así Hernando de Soto, descubridor del río Misisipi; Vázquez de Coronado, el gran cañón del Colorado; Menéndez de Avilés, fundador de San Agustín el asentamiento más antiguo en Estados Unidos; Gaspar de Portolá, que alcanzó la actual bahía de San Francisco… Tal vez la guerra de Cuba, o un seminal anti-americanismo progresista, probablemente fruto de un maniqueísmo intelectual cimentado en el rechazo al asentamiento de bases americanas en territorio español durante el franquismo- sean causantes de referido desafecto académico e institucional. ¿Quién sabe?

La situación había comenzado a cambiar en las últimas décadas y este país tenía por primera vez conciencia de su papel protagonista en aquellos territorios cuando surge el tema del indigenismo. En 1992 se instituyó en Berkeley el “Indigenous People Day” como alternativa al “Columbus Day”, aquella gota se ha convertido en un torrente que ha generado su propia narrativa histórica tan parcial y demagógica como la que está demonizando. El presentismo histórico de nuestros días resulta académicamente tan insultante como el previo paternalismo, y la división entre buenos –los nativos– y malos –los conquistadores y frailes– no pasa de ser una interesada y banal argucia conceptual. Tal vez tengan algún rédito social (o religioso) los mea culpa, mea grandissima culpa, pero en poco o nada ayudan desde una perspectiva eminente y rigurosamente académica ajena la referida dicotomía buenos/malos.

Pero me temo que el rigor histórico es un asunto de tercer o cuarto orden. Quienes en Estados Unidos decapitan a Junípero Serra o derriban a Cristóbal Colón responden a similares intereses políticos de quienes aquí se avergüenzan y reniegan de nuestra historia. Como es bien sabido, quien controla el pasado, controla el futuro.

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