Cómics y salud, una extraordinaria combinación

MONICA-Lalanda

La enfermedad es parte de la vida, ineludible e inesperada. Enfermar gravemente supone una llamada a contar historias, a repetir a profesionales y amigos lo que te ocurre, lo que sientes, lo que duele o lo que sangra. Narrar tu padecimiento para buscar ayuda pero también para reencontrarte, para redescubrir o redibujar un nuevo mapa de tu vida. Estamos hechos de historias, de palabras, incluso en los principios de los tiempos, cuando los chamanes no contaban con la ciencia para ayudar a sus pacientes, usaban sus palabras, sus historias.

La altísima tecnificación de la Medicina ha ido alejándonos de las historias, la biomedicina ha desplazado al enfermo y su padecer y lo ha sustituido por la enfermedad en su esencia y en todas sus posibles mediciones. Frente a lo medible, lo calculable, las analíticas, las imágenes radiológicas de gran definición, los estudios genéticos o las imágenes infinitesimales del microscopio electrónico, sigue estando la persona que sufre, con frecuencia apartada de los focos deslumbrantes del escenario médico.

Y en este estado de cosas, casi en tromba, comienzan a proliferar las “patografías gráficas”, biografías en formato cómic de la vida con una enfermedad. Personas que, siendo ya profesionales de la ilustración, deciden contar su lucha (o la de un ser querido) de la mejor manera que saben, dibujándola, compartiendo su historia con sus palabras y sus estéticos trazos. Y estas patografías gráficas son una fuente inmensa de posibilidades. Son cómics y como tal retienen el interés intrínseco al medio, entretienen y sorprenden a cualquiera. Pero además nos presentan otro punto de vista de la enfermedad. No solo aparecen con frecuencia síntomas, diagnósticos y pruebas, sino que desmenuzan toda esa parte de la enfermedad que es invisible a los ojos. Las novelas gráficas vienen a rellenar lo que falta en los libros de texto médicos, lo inmedible en analíticas o TACs pero que suponen el día a día del sufrimiento de un paciente: el miedo, la incertidumbre, el dolor, la vulnerabilidad, la soledad, la frustración, la indignidad y ese largo etcétera de vivencias que habitan al otro lado de las batas blancas.

La Medicina Gráfica quiere poner en valor este tipo de comunicación. Por un lado, los cómics son creados para la divulgación científica, para explicar a los pacientes sus procesos, las pruebas, los diagnósticos pero también todas estas patografías gráficas que no teniendo a los profesionales sanitarios como objetivo, resultan lecturas de una elocuente riqueza. No solo para asimilar que la enfermedad es solamente una parte de la vida de ese paciente sino porque con frecuencia, los profesionales sanitarios aparecemos como personajes de esas historias. Las patografías gráficas nos suponen un enorme e inocente espejo en el que ver reflejada algunas de nuestras actitudes, en particular la pobreza de nuestra comunicación y la falta de empatía. Y a pesar de la dureza que suponen, la reflexión que conllevan y el material didáctico que proveen es incalculable. Un comic puede ser un baño de humildad o una lección colorida y estética de profundo humanismo.

Pero además, estas novelas gráficas pueden acompañar a los pacientes, ayudar a informarles. Un profesional sanitario podría contar con otra herramienta en su labor de curar o acompañar. Recetar ciertos cómics a ciertos pacientes es una nueva y fascinante opción.

Las patografías gráficas están dando visibilidad a enfermedades que vienen tradicionalmente cubiertas de prejuicio, incluso tabú. No solo cuentan historias de cáncer, de enfermedad neurológica como la epilepsia o el Alzheimer, de enfermedad terminal, sino que hay un número enorme de obras fascinantes, tanto en guion como en su parte plástica, de problemas de salud mental.

Y volvemos a lo invisible, la enfermedad mental no tiene parámetros medibles, contables, o radiografiables. La aterradora experiencia de la enfermedad psiquiátrica encuentra en el cómic una manera de expresión sin precedentes. El lenguaje tan especial del comic, sus metáforas visuales, las metonimias, los saltos en el tiempo y en espacio, la capacidad de dibujar lo que no se ve, lo que se siente, lo que se vive, el jugar con tamaños, los colores… produce novelas gráficas impactantes. Colocar en páginas amigables, entendibles, entretenidas, comprensibles la dura experiencia de “la locura” está creando verdaderas obras de arte, pero sobre todo destapando la enfermedad mental y poniéndola sobre la mesa y no escondida debajo donde ha estado siempre.

Los cómics deben ir encontrando su lugar en las aulas de Ciencias de la Salud, en las consultas, en los hospitales, cerca de quien enferma y de quien le acompaña en su proceso de enfermar. Son herramientas excepcionales de comunicación.

 


Escrito por Mónica Lalanda (@mlalanda), médico, comunicadora, bio-eticista y autora de cómics. Coordinadora de Medicina Gráfica. Directora del Máster en Medicina Gráfica por la UNIA, autora del libro de cómics médicos Con-Ciencia Médica.

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